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Pablo Neruda

» Neruda y sus casas
por Agustina Tanoira

Además de ser uno de los más grandes poetas de la literatura universal, Pablo Neruda transformó los lugares donde habitó y los convirtió en parte importante de su legado. Hoy, sus casas en Valparaíso y Santiago, en Chile, son destinos de visita obligada.

 

A veces compraba ventanas y algunos muebles en demoliciones – cuenta uno de sus arquitectos –. Tenía estos elementos antes de definir el proyecto. Es más, en una ocasión tenía una ventana, un cuadro y un sillón que le gustaban mucho, y en base a ellos soñaba con un rincón que los incluyera.» A la hora de concebir sus casas, Pablo Neruda era un poeta en el sentido más profundo, que condicionaba los espacios a los objetos, construyendo ambientes como espacios sagrados, como sus reductos de intimidad y estabilidad.
A orillas del mar o sobre las laderas de Valparaíso y Santiago, sus casas se abrazan con la naturaleza, porque están hechas de agua, madera, recuerdos y poesía.
Isla Negra fue la primera. “Cuando estuve por primera vez frente al océano quedé sobrecogido”, escribió este poeta que amaba el mar. Por eso soñó con un lugar en donde refugiarse cuando necesitara escaparse del mundanal ruido. En 1939 llegó a Isla Negra, en la comuna de El Quisco, provincia de San Antonio, en la región de Valparaíso. Allí compró esta casa a un viejo capitán de navío español, que la construía para vivir con su familia. Neruda la terminó a su gusto como un barco: con techos bajos, pisos de madera crujientes, pasillos estrechos y un gigante ventanal desde donde puede verse la inmensidad de la playa, el cielo y su adorado mar. Este gran océano habita cada rincón de la casa: en las conchas marinas que rellenan el piso de la torre; en los mascarones de proa, en la colección de barcos en miniatura encerrados en antiguas botellas, en las brújulas, en los pitos marineros, en los caracoles y en las campanas que, desde el exterior, saludan a los barcos que pasan cerca de la costa. Con Matilde Urrutia, su tercera mujer, Neruda pasó mucho tiempo en este refugio que era, definitivamente, su lugar en el mundo. En 1973, luego de su muerte, Julio Cortázar, escribió: «Sé que un día volveremos a Isla Negra, que su pueblo entrará por esa puerta y encontrará en cada piedra, en cada hoja de árbol, en cada grito de pájaro marino, la poesía siempre viva de ese hombre que tanto lo amó». Allí descansa junto a su amada.


 

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