» El “Zorzal criollo” Una voz de la Humanidad
par Gustavo Clariá
Carlos Gardel, gracias a su voz extraordinaria, logró traspasar los límites de su existencia terrena para permanecer como el mejor cantor de tango del mundo.
Cuando era niño escuchaba a mi madre cantar las melodías de Gardel, mientras desarrollaba las tareas del hogar. Esos textos en “lunfardo” (argot local, mezcla de expresiones populares rioplatenses, afro, italianismos, elementos del lenguaje cifrado del ámbito carcelario y voces del “arrabal” suburbano) contrastaban con su voz maternal y sus modales de mujer educada en la burguesía de mi ciudad natal, Córdoba (Argentina). No creo que fuera un acto de trasgresión, sino el impulso contagioso del mal llamado “ritmo del dos por cuatro” y de aquella voz inefable que penetraba en lo más íntimo del ser como un láser que, sin herir, cura.
“Mis padres nos prohibían que aprendiéramos las letras de los tangos –decía ella– pues para los adultos sonaban demasiado vulgares e inapropiadas para niñas como nosotras”. Casi siempre eran letras llenas de nostalgia, a veces, poéticas: “Volver, con la frente marchita, las nieves del tiempo plateando su sien…”. Yo la escuchaba encantado, y nunca dudé –junto a los millones de argentinos– que Gardel era un compatriota más. O bien, un argentino muy especial, al cual la gente le rinde “casi culto”, hasta el día de hoy.
Grande fue mi sorpresa cuando, durante el Mundial de Fútbol en Francia, en 1998, mientras me hallaba en Toulouse donde se enfrentarían Japón y Argentina, recorriendo y admirando la “Ciudad Rosa”, me encontré con una placa ubicada sobre el muro de una casa rosada. En ella, con absoluta convicción estaba escrito: “Aquí nació Charles Romuald Gardès, más conocido como Carlos Gardel…”. Por supuesto que saqué fotos desde todos los ángulos: había hecho un descubrimiento que sorprendería a mis compatriotas, pero seguramente no a los franceses que lo sabían desde siempre. Para mi amigo anfitrión que me acompañaba, era bien sabido que “Carlitos” había nacido en Francia, el 11 de diciembre de 1890, y que, junto a su madre, Berthe Gardès, había emigrado a Sudamérica en el año 1893. Imitando a muchos otros franceses que habían dejado su tierra natal para trabajabar en las famosas “Minas de Corrales”, de oro, explotadas por una compañía francesa, en el norte de Uruguay (Tacuarembó), la joven madre con su niño también habrían partido en busca de nuevos horizontes.
