»La Llorona crónica
de un eterno sufrimiento
por Carlos Paz Herrera
Au Mexique, la légende de la Llorona reste vivace.
Aujourd’hui encore, certains racontent avoir vu apparaître cette femme éplorée dont les cris de désespoir déchirent la nuit pour l’éternité...
Son las once de la noche y las campanas de la catedral han dado su toque de queda. Una pálida luna llena alumbra los rincones de la ciudad.
La gente que aún deambula por las calles parece preocupada y se apresura a llegar a sus casas.
No hay pretexto para quedarse un rato más, ni tiempo que perder, pues ella aparecerá de un momento a otro.
Lo que podría parecer el escenario perfecto para una película de terror era probablemente un asunto cotidiano en la Ciudad de México del siglo XVI.
La historia de una mujer que vagaba sin rumbo por las calles de la entonces capital de la Nueva España mientras lanzaba largos gemidos de dolor, que se convertiría en un mito con el paso del tiempo. Nadie sabía quién era, ni cuál era su nombre, ni el motivo de su sufrimiento.
La llamaron La Llorona.
A pesar de su antigüedad, esta leyenda parece estar más viva que nunca, pues se ha extendido más allá de las fronteras de la Ciudad de México, con adaptaciones, versiones y variaciones de acuerdo a la idiosincrasia de quienes la han hecho suya.
En los pueblos de México, la gente no deja de afirmar su real existencia.
Son muchos quienes juran haber cruzado su camino con ella. Aún así, el mito tiene sus raíces antes de la Colonia, en las creencias de las diferentes culturas prehispánicas.
Las razones de su sufrimiento o de sus apariciones son múltiples y se adaptan al contexto de las diferentes regiones en que se habla de ella.
Solamente su carácter sobrenatural y su reflejo de la desesperanza son universales.
La leyenda nos relata cómo esta mujer recorría las calles inundándolas con sus terribles gritos de dolor, asustando a sus pobladores. Dicen que hubo quien se aventuró a conocer el origen de aquel sufrimiento, primero desde las ventanas y los balcones de sus hogares, después siguiendo la voz por las calles.
Cuando dieron con ella, descubrieron una figura fantasmal, ataviada de un traje de un blanco intenso y con el rostro cubierto por un velo, que cada noche se dirigía a la Plaza Mayor, en donde caía de rodillas para terminar con un agudísimo lamento.
Después continuaba su lento andar hasta las orillas del lago que por aquellos tiempos tocaba a la Ciudad de México y se desvanecía entre la bruma.
Poco a poco se corrió el rumor de que se la veía también en diferentes ciudades del reino, como Guanajuato, Zacatecas, Oaxaca, Puebla o Querétaro; aparecía además en los campos solitarios, en los caminos iluminados por la luna, por las veredas perdidas; salía de las grutas y las cuevas, o acompañaba con sus lentos pasos el trazo de los ríos.
