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Daniel Matias

Frío y picante, en su origen el chocolate

por Diana Martínez Portillo

Por su gusto y propiedades satisfizo a reyes europeos y emperadores aztecas; pasó de los altares de los sacrificios a las sacristías de las iglesias, consagrándose, eso sí, en las cocinas de los conventos. Cacao, un alimento tantas veces reinventado. Diez semillas de cacao. Si usted las hubiera tenido en la mano hace unos 500 años podría haber comprado en el mercado de Tenochtitlán un aguacate, un huevo (3 granos cada uno), un tomate (1 grano) y un pescado en hoja de maíz (3). Claro, si se le antojara un pavo hubiera necesitado un poco más, unas 200, bien endurecidas.
Las semillas de cacao fueron la primera moneda de Mesoamérica. Aunque seguro que los dioses cuando se las regalaron a los hombres no imaginaban que, cual es su costumbre, terminarían haciendo negocio con ellas.
Según la mitología tolteca, de entre todas las plantas del paraíso, el cacao era la preferida de los dioses, pues con ella preparaban una deliciosa bebida destinada sólo a ellos. Quetzalcóatl, que amaba a los toltecas, se la regaló a Tollán, la ciudad de los hombres buenos y trabajadores. Le pidió al dios Tláloc que regara al árbol con lluvia y a la diosa Xochiquetzal que lo adornara con flores. Quetzalcóatl recogió las vainas, hizo tostar el fruto y enseñó a las mujeres a molerlo y batirlo con agua en jícaras. Así comenzó la historia del chocolate.
Alimento de guerreros, motivo de batallas
Esta historia comienza hace unos tres mil años con los olmecas, que comenzaron a esculpir enormes cabezas de piedra hacia 1500 a.C. en los llanos del Golfo de México. Cultura madre de Mesoamérica, fue la primera en domesticar el cacao y quien transmitiría la tradición al resto. Separados por distintas lenguas, viejas enemistades y amplios territorios, los pueblos mesoamericanos llegarían a tener un interés común por el cacao: era parte de su dieta, ritos y economía, incluso de sus guerras.
Las comunidades de la zona maya vivían disputándose las tierras productoras de cacao. Los aztecas lo obtenían a través del comercio, pero también de los tributos que cobraban a los pueblos sometidos. Hacia el año 1500 el rey Ahuitzotl emprendió una gran batalla para someter los pueblos cacaoteros de Soconusco. La conquista les aseguró 400 cargas de cacao anuales. Tributo valioso si se considera que la guardia de Moctezuma consumían diario unos 2000 recipientes de chocolate.
Esta bebida estaba reservada a los guerreros, la nobleza, la clase alta (mercaderes) y los sacerdotes. Se empleaba como ofrenda a los volcanes, en los sacrificios a los dioses y en ritos funerarios; se servía en la negociación y celebración de matrimonios, donde era costumbre “beber chocolate juntos”, chokola’k (éste podría ser el origen de la palabra) y los novios podían intercambiar cinco granos de cacao; su cultivo simbolizaba fertilidad y riqueza.
Colón no probó el chocolate
¿A qué sabía el chocolate prehispánico? Podía ser dulce, picante o amargo, y beberse frío, tibio o caliente. Incluso podía ser rojo, según los condimentos. Solían añadirle chile, miel, maíz, vainilla o achiote, que tiene un sabor similar al páprika y le daba el “color sangre”. No obstante, fue capaz de conquistar a los sorprendidos conquistadores. Aunque llevó su tiempo.
Cristóbal Colón descubrió el cacao en su cuarto viaje, en 1502. Al desviarse de su ruta encontró en una isla, al norte de Honduras, una enorme canoa que venía de tierras mayas con un cargamento cubierto con hojas de palma. Transportaba una gran cantidad de almendras que servían como moneda. Entonces no sabían que con ellas también se preparaba el preciado chocolate. Esto, según el relato escrito por el segundo hijo de Colón, Fernando. Por cierto, Colón nunca probó el chocolate.
Hernán Cortés sí. Bernal Díaz del Castillo relata que en el banquete que Moctezuma le ofreció sirvieron además de numerosos manjares una cierta bebida: traían “cincuenta jarros grandes, hechos de buen cacao, con su espuma”. El cronista también menciona el uso de los granos como moneda: “andaban indios mercaderes de plaza en plaza y de mercado en mercado vendiéndolos y trocándolos a oro y mantas”.
“Oro admirable”, lo llamó el cronista Pedro Mártir, creyendo que libraba al ser humano de la avaricia, pues no se podía atesorar mucho tiempo, a lo sumo tres años. Pero al parecer no libró de ella a los conquistadores, quienes comprendieron rápido su importancia y realizaron un famoso saqueo a quien fuera su anfitrión. Se calcula que de las arcas del palacio de Moctezuma sustrajeron más de 40 mil cargas, lo que equivalía a unas 960 mil almendras de cacao.


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