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Daniel Matias

Nuestra excitante barbarie

por Enrique Serna

Certains Européens préfèrent le chaos mexicain au bien-être de leur pays. Pour le plus grand étonnement – mais aussi agacement – de l'écrivain Enrique Serna...

 

Desde que las cabezas empezaron a rodar por las pistas de baile y las ejecuciones masivas de narcos, policías o albañiles pasaron a ser parte de la rutina diaria, la imagen de México ha quedado por los suelos ante la opinión pública mundial. El mundo sabe ya que somos un paraíso de la impunidad, con la mitad de los efectivos policiacos al servicio del crimen organizado, según los cálculos optimistas del propio gobierno, y ningún turista en su sano juicio quiere venir a un país en donde los peatones que van a cruzar una calle no sólo miran a izquierda y derecha, sino también hacia arriba, por si les cae del cielo el avión de algún ministro. La impunidad crónica del hampa nos ha hecho un daño enorme, pero según he podido detectar en los círculos intelectuales del primer mundo, el morbo que despierta la descomposición social de México tiene un enorme atractivo para muchos buscadores de emociones fuertes que están hartos de vivir en lugares donde nunca pasa nada. Hace unos meses, cuando trataba de explicar a una directora de cine catalana las causas políticas y sociales de nuestro desastre delincuencial, me respondió en tono consolador: “Pues yo prefiero la anarquía de México al conformismo de este país de nuevos ricos, donde la gente sólo piensa en pagar la hipoteca del piso. Allá tenéis miedo, es verdad, pero se está gestando un cambio; en cambio aquí todo el mundo vive apoltronado en su bienestar.”
Creí que su benévolo comentario era una deferencia diplomática para mitigar mi aflicción, como las frases optimistas susurradas al oído de un enfermo terminal. Pero semanas después, en la casa de América de Madrid, dos famosos periodistas del diario El País que habían vivido un par de años en México me hicieron el mismo comentario cuando hablábamos sobre la guerra contra el narcotráfico: también ellos detestaban el estancamiento de la sociedad española y con tal de gozar la caótica vitalidad mexicana, dijeron, les importaría poco vivir expuestos a las balaceras. Por lo visto, en sociedades donde todo está reglamentado hasta la asfixia, la ilegalidad de las tierras bárbaras ejerce una poderosa fascinación sobre los espíritus aventureros. Por eso mis interlocutores no podían entender que yo, viniendo de un polvorín tan excitante, disfrutara la calma de un aburrido país donde las mujeres solas pueden caminar por las calles a altas horas de la madrugada. Yo aprendí en España que el Estado de derecho es un corsé liberador: ellos, en cambio, gozaron en México los vértigos de la montaña rusa y no se resignaban a cambiarlos por la estabilidad pequeñoburguesa de la comunidad europea. Como los ecologistas obstinados en preservar las especies raras de la biósfera, desearían conservar a los países pobres en estado semisalvaje, para asistir como espectadores al nacimiento de una gran epopeya social que los saque de su ordenado letargo, y observar el estallido del volcán con un vaso de whisky en la mano. Se trata, sin duda, de una actitud frívola y paternalista, que en el fondo nos condena a una eterna minoría de edad, y explica, por ejemplo, el nulo interés que despertó en Europa la transición mexicana a la democracia, comparado con el revuelo que provocó la insurrección del EZLN. Según los adoradores de la barbarie mexicana, lo que les corresponde a los pueblos del Tercer Mundo, llenos de pasión y energía, no es tratar de tener elecciones limpias y un poder judicial honesto, ni aspirar al bienestar económico de los países desarrollados, sino hacer saltar en pedazos las instituciones que a duras penas hemos construido, para subvertir desde abajo el orden putrefacto del mundo globalizado.
En algunos casos, la fascinación por el México bronco adquiere un cariz francamente esnob, como en la película de Agustín Díaz Yanes Sólo quiero caminar, un thriller paródico ambientado en los bajos fondos del Distrito Federal, en el que un grupo de ladronas españolas se enfrenta a una banda de narcotraficantes mexicanos. Imitador poco afortunado de Quentin Tarantino (que se ha convertido a su vez en un imitador de sí mismo), Díaz Yanes se propuso encandilar al espectador con un retrato guiñolesco de los bajos fondos capitalinos, pero como sucede a menudo en las parodias del género negro, la inverosimilitud de las situaciones estropea el suspenso y desfigura el carácter de los personajes. La película se inicia en la Central de Abastos, con la ejecución de un hombre a manos de un sicario local interpretado por Diego Luna. El asesinato deja impertérritos a todos los cargadores y locatarios del mercado, quienes siguen trabajando como si nada hubiese ocurrido. Por supuesto, ni en México ni en ninguna parte del mundo se ha llegado a esos grados de insensibilidad ante la violencia homicida. Un thriller en donde la muerte no tiene peso dramático y los personajes no hacen nada para salvar sus vidas cuando reciben heridas de bala, porque el guión les ordena morir desangrados sin llamar al médico, se instala, desde el principio, en los terrenos de la chacota frívola. Este festivo y superficial retrato del hampa capitalina no pretende en ningún momento reflejar o comprender la compleja realidad mexicana, sino reducirla al absurdo, eludir el compromiso emocional con los personajes en los cómodos terrenos de la exageración tremendista. Sólo quiero caminar no marcará un hito en la historia del cine español, como pronosticó Javier Marías en un encomiástico artículo sobre la película (donde aclaraba, sin embargo, que es amigo del director desde los 17 años, como si quisiera achacar su opinión a los deberes del compadrazgo), pero contribuirá sin duda a reforzar en el público español la idea de que México es un país vulgar, salvaje y divertido, en donde los espíritus selectos y decadentes pueden regocijarse de vez en cuando con un estimulante baño de sangre. Si en México hiciéramos una película riéndonos de los atentados de la ETA, el público español se saldría del cine mentando madres. Ojalá el público mexicano le dé el mismo trato a los productores de este churro sobrevaluado..
E.S.


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