Vivir y soñar en cubano
por Leonardo Padura
fotos de Gisela Volá - Sub.coop
50 ans après, la Révolution cubaine n’en finit pas de faire parler. Certains y voient une dictature familiale ayant prospéré sur le dos des Cubains. C’est en partie vrai. D’autres saluent les résultats d’un petit pays, passé du statut de bordel étasunien sous le satrape Batista à celui de très bon élève en matière d’accès à l’éducation et à la santé. C’est en partie vrai également.
Autant dire que face à la complexité cubaine, il nous fallait l’avis d’un spécialiste. Nous l’avons trouvé en la personne de Leonardo Padura, l’un des écrivains cubains les plus appréciés à l’heure actuelle (son dernier roman Les Brumes du passé a été édité chez Métailié). Fait rare, il a fait le choix de vivre à La Havane pour, dit-il, « entendre battre le coeur de la vie cubaine et avoir les mêmes désirs ou les mêmes frustrations que mes concitoyens ». En janvier dernier, à l’occasion des célébrations du demi-siècle de la Révolution, il a dressé pour nous un panorama de son pays. En route pour Cuba en compagnie d’un Cubain presque comme les autres...
Los amaneceres de domingo no suelen ser especialmente apacibles en La Habana. Aunque algunos prefieren alargar el sueño de la única mañana libre de la semana y otros disfruten los últimos efectos de la resaca alcohólica de la noche loca del sábado, mucha más gente se alza temprano para arreglarse con la vida: unos, con un nítido sentido de la trascendencia, van hacia la iglesia del barrio; otros deciden que deben estar alegres y obligar a sus vecinos a sentir lo mismo e invaden la atmósfera con el ritmo despiadado de algún reguetón1 proyectado a todo volumen; la mayoría, en cambio, sale a buscar en los mercados alternativos las mejores ofertas con las que tratar de lograr lo imposible: que el dinero les alcance para comer, vestir, desplazarse, pagar la electricidad y hasta fumarse un paquete de cigarrillos... Para casi todos los cubanos los domingos son un día como cualquier otro, una jornada en la que no cesa la lucha, la búsqueda (la solución de los problemas que acá aglutinamos bajo el verbo resolver), y en que apenas bajan los niveles de ansiedad permanente de una gente que hace cincuenta años viven la Historia –así, con mayúscula– como su cotidianeidad.
El domingo anterior la tensión de la Historia fue más alta y precisa: era el primer domingo, desde enero de 1959, en que Fidel Castro no sería, al menos oficialmente, la más alta figura del Estado, el gobierno y el ejército cubano. Y eso es Historia. Cuando unos pocos días atrás –el martes 19–, Fidel enviaba un mensaje a sus compatriotas declarando que no aspiraría ni aceptaría los cargos de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe, una conmoción recorrió la isla y buena parte del mundo. Los cubanos, tan acostumbrados a convivir con la Historia –en un país donde cada reunión, cada congreso, cada ley, cada discurso, cada decisión es anunciada y catalogada de histórica por la retórica oficial– sintieron que algo realmente histórico estaba ocurriendo y las expectativas entre las que hemos vivido desde el alejamiento de Fidel Castro del poder, año y medio atrás, se dispararon como cohetes en busca de la estratósfera. A lo largo de los días que trascurrieron desde el mensaje de Fidel hasta la formación del nuevo gobierno y consejo de Estado, en el que oficialmente se reconocía a Raúl Castro como nuevo presidente cubano, las especulaciones sobre el presente y el futuro de la isla se convirtieron en un comentario callejero capaz de borrar de la lista de preocupaciones de la gente hasta los resultados del campeonato nacional de beisbol y el precio de la libra de arroz en los mercados agropecuarios.