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Raíces: Querido general Franco

» Querido general Franco
Par Jordi Soler

Arcadi, le grand-père de Jordi Soler, est devenu héros malgré lui en échappant au destin de dizaines de milliers de combattants républicains pris au piège de la répression franquiste. La distance qui sépare l’homme de la tombe tient parfois à peu de choses. Le coup de pied d’un gitan et la ténacité d’un ambassadeur mexicain lui éviteront de connaître les affres d’un retour en Espagne, après un passage par le sinistre camp d’Argelès, et feront de lui un Catalan « tropical », échoué dans l’Etat de Veracruz au Mexique. Entouré d’autres exilés, il traversera les années en songeant à la fin de la nuit tombée sur son pays. La dure réalité de l’exil, même après le retour de la démocratie, signera son échec. Et l’impossibilité de retrouver la ville et l’homme d’avant. Avant la décision d’entrer en guerre. Jordi Soler, lui, en est sorti. Pas de guerre de la mémoire pour le petit-fils qui a recueilli les souvenirs de son grand-père. Seulement la volonté de « sauver une histoire à sa portée », d’effacer les stigmates d’une barbarie éphémère et ainsi rétablir le cours de la vie d’une famille barcelonaise. C’est tout le sens des Exilés de la mémoire dont nous publions quelques extraits et de la lettre inédite de Jordi Soler adressée aujourd’hui à Franco.

 

Querido general Franco: lo de querido es, desde luego, un decir, es una de esas fórmulas que se usan para empezar una carta, pero también es una cortesía que me interesa tener por una razón elemental: usted con nosotros no tuvo ninguna. Quiero aprovechar esta carta para contarle algunas cosas, entre otras que hace treinta años vimos, pasmados frente al televisor, la noticia de su muerte; vivíamos en Veracruz, en la selva, y hasta allá llegó esa noticia que, como verá usted en cuanto termine estas líneas, tuvo un efecto mayor en nuestras vidas, quiero decir: en la de mi abuelo que perdió la guerra, y en la de mi madre, que tuvo que irse de España por la guerra que perdió su padre. No voy a aburrirlo contándole las penurias de los exiliados en los campos franceses de prisioneros, ni de la permanente zozobra que sentían frente a la posibilidad de caer en las garras de alguno de sus aliados y de que éste los regresara a España y los metiera a alguna de sus espantosas cárceles; lo que quiero contarle es que cuando mi abuelo llegó exiliado a Veracruz, un territorio remoto y caluroso que desde luego no estaba en sus planes, se encontró con otros republicanos exiliados que estaban en la misma situación, que habían llegado ahí con una mano atras y otra adelante porque habían perdido su país, su familia, su casa y sus cosas, esos requisitos mínimos que necesita cualquiera para sentirse persona.


 

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