» El vudú
Par Jordi Soler
Dans Raíces n°5, l’écrivain espagnol Jordi Soler avait écrit une lettre imaginaire inédite à Franco. L’auteur des Exilés de la mémoire (Belfond) nous convie cette fois-ci au Mexique, terre d’exil et de contraste, avec un souvenir d’enfance quelque peu baroque.
A principios de 1947 apareció en La Portuguesa un negro viejo que tenía el pelo blanco y andaba ligeramente encorvado. La lanza que cargaba, y que usaba discretamente como bastón, le daba el porte suficiente para llevar con gallardía su escudo, su taparrabos y las líneas blancas que tenía pintadas en los brazos y en la cara. El viejo iba flanqueado por una mujer robusta, y seguido muy de cerca por tres colaboradores que vestían igual que él y llevaban, no con tanta gallardía, el mismo instrumental e idénticos afeites.
La Portuguesa era una plantación de café que fundaron cinco exiliados republicanos, entre ellos mi abuelo Arcadi, en la selva de Veracruz. Era un negocio que se inventaron para ir tirando en lo que se moría el dictador, y ellos podían regresar a España a rehacer sus vidas. Como bien se sabe Franco vivió demasiado tiempo, y mientras los republicanos esperaban ese día feliz que al final llegaría con un retraso irremediable, fueron construyendo una próspera comunidad donde empezaron a tener hijos y, con el tiempo, nietos. Pero en 1947 los nietos todavía no nacíamos; eran tiempos difíciles porque los nativos de esa zona de Veracruz no veían con buenos ojos que en esas tierras, donde sus ancestros habían vivido “desde el principio del mundo”, una tribu de españoles hubiera levantado un negocio boyante. Arcadi y sus socios conversaban y bebían menjul en la terraza cuando aparecieron los negros, que eran una pandilla estrafalaria porque en esa selva a nadie se le había
ocurrido nunca emperifollarse con afeites africanos.